
DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2015
Pero hay un DIOS en los cielos…
Por: Carlos Puyol Buil
Lecturas devocionales para Adultos 2015
“El que
no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).
María,
natural de Zuera (Zaragoza, España) y su marido, Mauricio, habían
trabajado para mis padres al finalizar de la Guerra Civil española. Él
era nuestro arriero, llevaba un carro de transporte urbano tirado por un
caballo.
Ella ayudaba a mi madre y se ocupaba de mí, de dos años por aquel entonces.
Pasado el
tiempo, regresaron a Zuera, a veinte kilómetros de la capital, donde
tenían su casa y sus campos. Pero murió Mauricio, y María se quedó sola,
muy sola, acompañada únicamente por sus amargos recuerdos. Mi familia
iba todos los años a Zuera a llevar flores a la tumba de Mauricio y de
sus tres hijos.
Porque,
en efecto, el matrimonio había tenido dos hijos y una hija, pero todos
habían fallecido. Sin embargo, solo una de aquellas muertes atormentaba
sin consuelo la triste vida de María: la de Antonio, su hijo menor, a
quien sin haber cumplido los 16 años habían fusilado durante la Guerra
Civil, tras ser vilmente denunciado por unos vecinos del pueblo.
Recuerdo las lágrimas de María.
Cada año,
para ir al cementerio, debíamos pasar necesariamente por la puerta de
la casa de los denunciantes. “¡Asesinos! ¡Asesinos! –gritaba
desconsolada María–. ¡Me habéis matado a mi hijo! ¡Era casi un niño!” La
escena se repitió durante años, hasta que también ella murió.
He visto
el tremendo dolor que causa la pérdida de un hijo. He visto posarse
sobre la vida de algunos padres los nubarrones del duelo; los he visto
clamar, llorar, desesperarse, perder las ganas de vivir mientras se
preguntan:
¿Por qué él? ¿Por qué no fui yo quien murió?
El versículo de hoy nos habla del don del Hijo de Dios para morir por la humanidad.
¿Sufrió Dios la muerte de Jesús como lo hace cualquier otro padre?
La muerte
del Hijo de Dios no fue casual o imprevista. Dios “no escatimó ni a su
propio Hijo”, sino que lo entregó por todos nosotros. El don del Hijo de
Dios y su injusta muerte en una cruz fue el más grande, el más
trascendental y a la vez el más doloroso testimonio de la providencia
divina en este mundo.
Agradece a Dios el no haber escatimado a su Hijo para salvarte y entrégale lo mejor de tu vida.
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